El Choconazo
Buenas
a todos y todas, por aquí dejo algunas cosas interesantes sobre la gran
lucha de los obreros de El Chocón y sus familias en 1969 - 1970.
Si caminan por las calles de la Ciudad de Neuquén pueden visitar uno de los HITOS que recuerda la lucha y el apoyo popular en la calle Brown entre San Martin y Juan B. Justo donde era el local del sindicato de La Fraternidad.
Primero un blog donde hay mucha información sobre el tema. (no lo alcancé a leer todos)
http://choconazo.blogspot.com.ar/
Luego una nota y reportaje aparecido en Rebelion.org por la muerte de Antonio Alac (uno de los principales dirigentes de la huelga)
Antonio Alac, el Choconazo y
las enseñanzas del clasismo
| Como Agustín Tosco, Antonio Alac dedicó su vida a luchar contra el capitalismo, el imperialismo y la burocracia sindical. Su ejemplo entrañable nos invita a continuar la Resistencia. |
Acaba de fallecer un compañero. Un gran compañero. Uno de los imprescindibles. Enfermo de cáncer, Antonio Alac (1937-2004)
murió como había vivido. Con una dignidad a toda prueba y acompañado de
muchísima gente que lo quería. En primer lugar, de su inseparable
compañera Marisa y de sus dos hijos, Matías y Carolina. Pero también de
muchos compañeros y compañeras de militancia, en el sindicato, en el
movimiento piquetero, en su partido (el Partido Comunista) y en otros
movimientos sociales y corrientes políticas que mucho lo respetaban.
¿Quién
era —quién es— Antonio Alac? Antonio es un símbolo histórico del
sindicalismo argentino y latinoamericano. Pertenece a ese conjunto de
entrañables compañeros que, desde diversas tendencias y corrientes, se
jugaron toda su vida en la lucha contra el capitalismo y el imperialismo
y en defensa de sus hermanos y hermanas de clase. Antonio Alac es uno
de los grandes. De la misma estatura que los legendarios Agustín Tosco
(del sindicato LUZ Y FUERZA), Gregorio Flores y Carlos Masera (del
SITRAC-SITRAM), Leandro Fote (de la FOTIA) o René Salamanca (del SMATA),
entre muchísimos otros.
Él
era una persona tan humilde —por ejemplo nunca hablaba de “yo”, siempre
se refería a sí mismo como “nosotros”— que seguramente hubiera
rechazado, con enojo, esta comparación.
Antonio
Alac pertenecía a las entrañas de la Patagonia argentina. Aquella del
movimiento anarquista y Antonio Soto en la década del ’20; la de la fuga
del penal de Rawson y los guerrilleros del PRT-ERP, las FAR y
Montoneros masacrados en Trelew en 1972, la de la rebeldía mapuche de
ayer, de hoy y de siempre.
En
esa Patagonia insumisa y rebelde que tanto amaba, durante 1970 Alac
había sido el principal dirigente del “Choconazo”. Una de las protestas
sociales más contundentes, masivas y radicales que, desde el sur de
Argentina, contribuyó a derrocar la dictadura militar de los generales
Ongañía-Levinsgton-Lanusse (1966-1973). Muchas veces, cuando se escribe
la historia de esa dictadura, se mencionan las puebladas del Cordobazo,
el Rosariazo y el Viborazo. Pero, inexplicablemente, no siempre se hace
referencia al Choconazo.
El “Choconazo”
es el nombre con que se conoció popularmente la huelga y ocupación
obrera de la central hidroeléctrica Chocón-Cerros Colorados,
desarrollada entre el 23 de febrero y el 14 de marzo de 1970, en plena
dictadura militar (al año siguiente del Cordobazo y un año antes del
Viborazo). En el movimiento del Choconazo participaron entre 3.000 y
4.000 obreros de la gran industria, de los cuales la mayoría pertenecían
a la compañía constructora del Chocón y los restantes a las empresas
constructoras de viviendas, hospitales y la villa permanente en la que
vivían los trabajadores.
Durante
la huelga de 20 días, declarada ilegal por la dictadura, Antonio Alac
fue el principal dirigente que organizó las guardias obreras, encargadas
de vigilar el campamento —contaban con palos y piedras, pero también
con cartuchos de dinamita y explosivos— y de organizar las barricadas
estratégicas que se pusieron para intentar impedir el ingreso de las
fuerzas policiales y militares.
Como
parte de la dirección obrera, junto con Antonio Alac, estaban los
delegados Armando Olivares y Edgardo Torres y el cura obrero Pascual
Rodríguez.
La lucha del Chocón logró implementar las dos tareas políticas principales de la clase trabajadora moderna. En primer lugar, la independencia política de clase.
La dirección del movimiento, de signo y carácter netamente clasista, no
respondía al sindicalismo clásico, correa de transmisión de los
partidos burgueses dentro de los trabajadores. En segundo lugar, la lucha por la hegemonía socialista.
Conscientes de que no podían triunfar contra la patronal y la dictadura
si permanecían aislados, los obreros del Chocón —como sus actuales
hijos o nietos de la fábrica recuperada Zanón, ubicada también en el sur
argentino— sabían perfectamente que necesitaban el apoyo de toda la
población trabajadora. Y lo lograron. Hubo dos caravanas desde la ciudad
de Neuquen que llevaron víveres a los obreros alzados. Y en la misma
ciudad, a pesar de estar bajo una dictadura que prohibía cualquier
manifestación política, hubo un acto de 2.000 personas que manifestaron
por las calles en su defensa.
Los
obreros también lograron el apoyo de monseñor Jaime de Nevares, desde
entonces gran amigo personal de Antonio Alac (años después, Antonio
lucía orgulloso la dedicatoria que De Nevares le escribió cuando le
regaló un libro suyo), a pesar de que este último era un sacerdote
cristiano y aquel un obrero marxista.
Cuando
el martes 16 de marzo de 1970 la policía y la gendarmería intentaron
que los obreros en huelga entregaran a su delegado Antonio Alac, lo
único que recibieron fue una negativa rotunda. Entonces empezaron los
disparos de gases y las bombas de humo. Varios obreros fueron heridos.
Los obreros contraatacaron con piedras. La policía tuvo que retroceder a
la carrera. Las fuerzas de represión hicieron saber que Alac tenía que
ser entregado obligatoriamente. Éste se adelantó y les respondió: “Por decisión de mujeres y hombres, hasta que dejen en libertad a nuestros compañeros [referencia a una delegación obrera que había sido apresada], o hasta que nos maten, de aquí no se mueve nadie”
De
cualquier manera, aunque aquella lucha histórica fue heroica y
legendaria, la resistencia con piedras tenía su límite... Me acuerdo
cuando hace unos años —durante la década del ’90— nos encontramos con
Antonio y su hija Carolina protestando frente a los tribunales de San
Isidro. En esa oportunidad habían metido preso al genocida Jorge Rafael
Videla, en unas de las tantas pantomimas que los gobiernos burgueses
hacen en “democracia” con los dinosaurios del pasado para mantener
ocupada la atención del pueblo, mientras siguen implementando a
rajatabla sus mismas políticas económicas neoliberales. Pues bien,
cuando llega Videla en un carro policial, la policía comienza a reprimir
a los manifestantes que lo insultaban y arrojaban piedras contra los
uniformados. Hubo choques y escaramuzas. El pueblo tuvo que salir
corriendo en desbandada. Nunca me olvido del balance final de Antonio
Alac sobre aquella jornada de protestas y escaramuzas contra Videla. A
un grupo de jóvenes que lo rodeaba, el dirigente histórico del Chocón
les dijo: “Todo esto es solamente simbólico. Para enfrentar a esta gente [Antonio se refería a las fuerzas de represión] no alcanza con palos o piedras. Eso es puramente simbólico...”.
Nunca me pude olvidar de ese análisis de Antonio. No era el fruto de un
jovencito exaltado en busca de aventuras. Era el balance de un
militante maduro, experimentado, que llevaba en su cuerpo la experiencia
histórica de toda una clase social.
Aunque
la lucha clasista del Chocón tuvo el apoyo unánime de la clase
trabajadora y de otros sectores sociales, no logró todos sus objetivos.
Triunfó porque logró arrinconar aún más a la dictadura, que ya había
recibido durante el Cordobazo un primer puñetazo en la mandíbula.
Además, instaló un ejemplo en la historia para el conjunto de la clase
trabajadora. Pero la empresa hidroeléctrica fue retomada por las fuerzas
de represión. La dictadura tuvo que acudir a 800 hombres armados hasta
los dientes para poder recuperar la central ocupada por los albañiles.
Los dirigentes —Antonio a la cabeza— fueron apresados, esposados y
enviados en un avión militar a Buenos Aires, la capital, y soltados ante
la presión popular. Según el testimonio de uno de los compañeros de
Antonio, cuando se lo llevaban esposado el jefe de la gendarmería le
dijo a Alac: “Te saliste con la tuya. Te tuvimos que sacar esposado”.
A pesar de todo, Antonio no había bajado las banderas ni había huido.
Lo tuvieron que apresar por la fuerza. La “derrota” de los obreros, fue
una contundente victoria moral.
En
el medio, la burocracia sindical peronista boicoteó la lucha del
Chocón. Los dirigentes de la U.O.C.R.A. (Unión Obrera de la Construcción
de la República Argentina), encabezados por Rogelio Papagno y Rogelio
Coria, primero intervinieron la seccional de Neuquén y luego expulsaron a
los delegados clasistas del sindicato... Una historia repetida...
Antonio
Alac, cuya práctica y militancia sindical estuvieron siempre guiadas
por principios de clase, era un enemigo del capitalismo y un acérrimo
opositor a lo más podrido y mugriento de la burocracia sindical.
¿Por qué Antonio odiaba tanto a la burocracia sindical?
Porque
esa burocracia, principalmente de factura peronista, no sólo boicoteó
la lucha del Chocón. Además, en Argentina, fue cómplice de todas las
dictaduras militares. Apoyó con entusiasmo las privatizaciones
neoliberales. Alentó la flexibilidad laboral y la precariedad del
empleo, transformando los sindicatos en entidades empresarias socias
directas del gran capital. Principal muro de contención contra la
protesta popular durante el gobierno de Carlos Menem, esta burocracia
sindical jugó un papel fundamental a la hora de frenar las luchas,
moderar los conflictos, institucionalizar los reclamos para que terminen
en vía muerta y reprimir violentamente a las direcciones clasistas. No
es casual que esa burocracia brilló por su ausencia en las jornadas
rebeldes del 19 y 20 de diciembre del 2001.
En
los tiempos tenebrosos de 1976, los burócratas sindicales no dudaron un
minuto en delatar ante las patronales burguesas a los auténticos
militantes de base. Está probado —incluso ante los propios tribunales de
la “justicia” burguesa— que los principales dirigentes sindicales de la
burocracia fueron cómplices de la patronal en la desaparición de
comisiones internas y cuerpos de delegados, secuestrados por la
dictadura del general Videla y sus secuaces. Por ejemplo, el dirigente
peronista de los mecánicos José Rodríguez, fue un cómplice abierto de la
empresa Volksvagen. También Jorge Triaca, dirigente peronista del
plástico y Ramón Baldasini, dirigente del Correo, declararon
públicamente en los juicios a los comandantes militares de la dictadura
que ellos “no se acordaban”... o directamente “no sabían”... que sus
compañeros habían sido desaparecidos...
Sí,
Antonio Alac los despreciaba desde las entrañas. Él tenía a su hermana
Diana —quien había militado en la organización Montoneros— desaparecida.
Sabía perfectamente que la burocracia sindical estaba más atenta a
custodiar sus privilegios que a defender a los trabajadores.
Por
ejemplo, según el testimonio de uno de los arquitectos que remodeló el
edificio central del sindicato de la U.O.C.R.A., su principal dirigente
Gerardo Martínez —una de las cabezas actuales del sindicalismo
peronista— se habría construido un baño privado con mármoles que mandó a
traer a la Argentina desde Italia, al mejor estilo de un hotel de cinco
estrellas, mientras un albañil se muere de hambre trabajando por
migajas en las grandes obras...
Antonio
Alac pertenecía a otro tipo de sindicalismo. Un sindicalismo de clase,
con dirigentes que caminan a pie, sin automóvil ni chofer. Dirigentes
que se conciben a sí mismos como militantes, no como la voz del
empresariado dentro del mundo laboral. Dirigentes que visten
humildemente, sin grandes trajes, sin secretarias, sin relojes de oro,
sin viajes lujosos, sin yates ni veleros, sin baños con mármoles de
lujo...
Quienes
hayan conocido a Antonio saben perfectamente que él viajaba en
colectivo, contando las monedas para comprar el pasaje. Vestía como
cualquier otro integrante del pueblo. Era una persona sumamente
sencilla, humilde y transparente. Aunque provenía del interior de la
Argentina —su corazón siempre tenía una sonrisa abierta para el sur—,
había mamado de sus amigos de Buenos Aires cierta ironía típicamente
porteña.
Antonio Alac, como muchos de sus compañeros, sigue esperando que sus luchas no queden en el olvido, para
que puedan servir de enseñanza a los nuevos militantes sindicales, a
las fábricas recuperadas, al movimiento piquetero, a los estudiantes
movilizados y a todos los que continúan con sus ideales anticapitalistas
y antimperialistas. Una investigación rigurosa y a fondo sobre el Choconazo todavía está pendiente.
Querido compañero Antonio: ¡Hasta la victoria siempre!
La
entrevista —inédita— que a continuación reproducimos fue realizada el
21 de diciembre de 1995 sobre la experiencia del Choconazo y las tareas
del clasismo.
Néstor Kohan: ¿Dónde trabajabas antes de ingresar como obrero al Chocón?
Antonio
Alac: Yo venía de trabajar en el sur en lugares muy difíciles, con
altísima explotación. Por ejemplo en el petróleo. Tanto es así que con
la última empresa que trabajé estuve seis meses sin poder salir del
campamento. Estábamos las 24 horas del día a disposición de la empresa.
Entonces, a los seis meses, cansado de estar metido ahí, con tanto
trabajo y sin ningún tipo de distracción o descanso —a pesar de que yo
leía mucho, a mí siempre me gustó leer— decidí irme para Bahía Blanca
[en el sur de la provincia de Buenos Aires]. Estuve trabajando también
ahí y luego nos fuimos con mi cuñado a Neuquén, donde estuve trabajando
en luz, agua y haciendo instalaciones eléctricas. Ahí empecé a escuchar
—algo ya había escuchado en Comodoro Rivadavia y Cañadón Seco, donde yo
había trabajado— que se estaba construyendo una gran obra que llamaban
“la obra del siglo”. Si vos mirabas en la TV los trabajadores vivían
allí muy bien. Aparecían sentados en sillones en lugares muy lindos con
sus vasos de whisky en la mano... Entonces cuando llegué a Neuquén la
obra ya había empezado. Al poco tiempo me anoté y empecé a trabajar. Yo
manejaba los grandes camiones que llevan 45 toneladas. Desde ese
momento, hasta que terminó la huelga pasaron nada más que seis meses.
N.K.: ¿Cómo se trabajaba en el Chocón?
Antonio
Alac: Las condiciones de trabajo eran pésimas y las de vivienda peor.
En ese momento no nos pagaban el 40% del plus salarial por zona alejada,
por zona inhóspita. Vos tenías la obligación de trabajar 12 horas por
día. La gente vivía en galpones que se estaban construyendo para
vivienda. Y había galpones ya construidos donde vivían 80 ó 100
personas. Una cama al lado de la otra, sin tener donde lavarse o
bañarse. Los baños estaban haciéndose... No te olvides que nosotros
trabajábamos con temperaturas de hasta 15 ó 20 grados bajo cero. No
podías tomar vino. Las mujeres no podían venir a visitarte. ¡Una
cantidad de prohibiciones que parecían de un campo de concentración! Yo
siempre fui comunista. Me empecé a contactar con algunos compañeros que
se estaban moviendo...
N.K.: ¿Vos tenías experiencia sindical previa?
Antonio
Alac: Sí, yo participé en un montón de lugares. Yo participé en la
huelga metalúrgica de 1954 en Bahía Blanca. Tenía entonces 17 años. Ahí
me corté un dedo. Después de 45 días de huelga nos echaron... mi familia
ya no quería saber nada conmigo. ¡Te imaginás! ¡Alimentar un chico 45
días! Yo no cobraba... Entonces, después de esa huelga metalúrgica, me
fui a Villa Regina y allí empecé a trabajar en los camiones, luego en
los galpones, donde trabajé mucho tiempo... como nosotros somos
formadores de ese sindicato... [referencia al sindicato de la fruta].
Allí estuvimos en la gran huelga de 1957, donde tuvo que intervenir el
Ejército sobre el sindicato de la fruta para exigir a los trabajadores
que levanten la cosecha. Esa huelga nosotros la hicimos con mi padre,
cargábamos y descargábamos cajones en la estación. Esas son algunas de
mis experiencias previas. Después tuve otra experiencia en 1959
trabajando en el petróleo. Revelaba películas. Hacía todo lo que tenía
que ver con los trabajos de perfilaje e investigación de pozo de
petróleo con aparatos especiales que se bajan a través de guinches, que
tienen los camiones, de una extensión de 3.000 ó 4.000 metros. Aprendí
todos esos trabajos junto con los ingenieros. A los cinco meses de haber
empezado a trabajar allí, la empresa decide quitar de los salarios el
plus por zona inhóspita que era como el 40% de los salarios. En esa
empresa había meses que nosotros trabajábamos ¡hasta 350 horas extras!.
Cada pozo tardaba 80 horas en terminar y lo terminabas o lo
terminabas... Las horas normales eran 150 por mes. ¡O sea que
trabajábamos 70 u 80 horas corridas, sin parar!. Entonces ahí hicimos
una huelga. Tomamos un abogado, un tal Sarmiento, que nos traicionó y
nos vendió... la justicia de Trelew, en la provincia de Chubut, se puso a
favor de la empresa... aplicaban las leyes... Entonces nos despidieron a
todos, a algunos nos metieron presos, no mucho tiempo, pero nos
metieron. Por eso cuando nos dicen “Bajó el salario”. Pero si eso fue
una constante en nuestra historia...
N.K.: ¿Cuándo entraste a trabajar en el Chocón tenías conocidos, antes de ser delegado?
Antonio
Alac: No, cuando entré no conocí a nadie. Me hice amigo de Armando
Olivares y del cura Pascual Rodríguez. Ellos dos eran los cuadros...
digamos, los dos compañeros con los que nos vinculamos en seguida. Ellos
ya venían trabajando, ya había habido algunos hechos de paro [huelga]
en 1967, donde algunos compañeros nuestros [Alac se refiere a los
obreros Mansilla, Inglés y Varela] habían dirigido la huelga por
condiciones de vida, de vivienda y de trabajo. Esos compañeros fueron
despedidos. Así que cuando yo llegué ya había una pequeña historia. Lo
que sucede es que los que iniciamos la segunda historia éramos
compañeros que no conocíamos nada. Nos empezamos a contactar. Ya estaba
el cura Pascual Rodríguez que era un hombre que había hecho mucha
vinculación con los compañeros. Conversaba permanentemente, como
trabajador y cura, era muy querido y respetado. Entonces empezamos a
hacer nosotros nuestras propias reuniones. El tema central era cómo
impulsar un nivel de asambleas que nos permitiera a nosotros elegir una
comisión interna. Lo que la empresa no quería era que se eligieran
delegados. El sindicato de la U.O.C.R.A. era dirigido por un tal Adolfo
Schvindt. Era un sindicato patronal y burocrático, administrativo. Los
primeros intentos para elegir delegados no resultaron. Convocamos
entonces a una asamblea, luego a otra asamblea, levantamos un petitorio
de más de 40 puntos. Entre ellos estaba el derecho a ver mujeres, a
tomar vino, a mejores viviendas, el tema de la zona inhóspita, la
seguridad en el trabajo. Este último era de lo más serio, porque allí
hubo 39 muertos...
N.K.: ¿Cuanta gente llegó a trabajar en total en El Chocón?
Antonio
Alac: En total llegaron a trabajar más de 5.000 personas. Porque estaba
la empresa central y luego una cantidad de empresas subsidiarias que
hacían distintos tipos de trabajo para la construcción.
N.K.: ¿Cuántos eran los trabajadores que participaron durante la huelga?
Antonio
Alac: Yo creo que cerca de 4.000, a los que habría que sumar a sus
familias. Había en total entre 7.000 y 8.000 personas. Entonces hicimos
las primeras reuniones y la gente respondió. Había un núcleo grande de
personas que participaba y de a poco se fueron sumando más y más. El
elemento fundamental era el problema de las reivindicaciones y la
elección de la comisión interna. Hasta que convocamos una asamblea y
elegimos a los delegados. Entonces, cuando discutimos entre nosotros
quién iba a ser el delegado, nosotros pensábamos que por sus vínculos
con la gente tendría que haber sido Pascual Rodríguez, el cura. Además
porque lo veíamos como alguien que iba a contactar con los sentimientos e
ideas de la gente y la gente se le iba a acercar en la tarea que él
desarrollara. Él dijo que no, que no estaba de acuerdo, que era un
hombre con una cantidad de responsabilidades y no estaba de acuerdo en
tomar una responsabilidad de ese tipo. Después le ofrecimos a Olivares,
pero Olivares respondió que él no se sentía en condiciones para tomar la
responsabilidad. Y por último se determinó que el delegado tenía que
ser yo. Ya formando la comisión interna, hicimos una asamblea. Teníamos
tres delegados y nos faltaba uno más para la comisión interna. En esa
asamblea lo elegimos a Edgardo Torres, que fue un compañero peronista
como el cura Pascual Rodríguez. Olivares era comunista y yo también. Con
la participación de mucha gente levantamos un acta en la asamblea y la
presentamos ante la patronal. Pero la patronal no nos reconoció. El
sindicato no nos reconoció y el Ministerio de Trabajo no nos reconoció.
Independientemente del no reconocimiento nosotros empezamos a actuar.
Entonces, como no había posibilidad de ir al arreglo, decidimos ir a la
huelga. La empresa nos convoca a los dirigentes.
N.K.: ¿La empresa era multinacional?
Antonio
Alac: No, la empresa era privada y de capital nacional. Una de los
primeros grandes trabajos que realizó fue en Tucumán. Hizo allí un
dique. La empresa privada nacional se asocia con una empresa
multinacional y juntas hacen la obra de El Chocón. Tengo entendido que
la empresa multinacional venía del África donde había tenido alto grado
de pérdidas de vidas humanas por las condiciones de trabajo. Nos
contaban en la empresa que muchos trabajadores de África no se querían
poner los botines.. El nivel de exigencia de los capataces italianos era
muy alto y muy agresivo. Nosotros hemos visto, por ejemplo, cómo un
camioncito de hormigonear aplastó a un trabajador y chocó. Entonces
venía el capataz a fijarse si el choque era muy grande en el camión...
mientras el trabajador estaba muriéndose en el suelo... Todas estas
situaciones fueron acumulando nuestra decisión...
N.K.: ¿Cómo evaluaba la empresa el movimiento?
Antonio
Alac: El otro día un amigo que estuvo en la huelga del Chocón, pero
desde adentro, porque él era administrativo, encargado de personal, me
decía que la empresa, el gobierno provincial y el gobierno nacional —la
dictadura— tenían una gran preocupación por nosotros. La empresa
entendía que de esta manera nosotros pasábamos a dirigir el gremio de la
construcción en toda la provincia. Era un gremio muy importante. No hay
que olvidarse que en ese momento casi el 40% del presupuesto nacional
destinado a obras públicas estaba destinado a Neuquén y Río Negro. Eran
millones y millones de dólares.
N.K.: ¿Qué sucedió cuando se entrevistan con la empresa?
Antonio
Alac: Entonces, cuando no se reconoció la comisión interna, nosotros
fuimos a la asamblea general y allí se decidió exigir el pliego de
reivindicaciones y el reconocimiento de los delegados. Entonces
la empresa nos convocó. Una convocatoria de intimidación. Entramos los
tres delegados. Cuando entramos al despacho del gerente general, que era
un italiano, le dijimos que la empresa nos tenía que reconocer. La
empresa nos contesta que no, que no lo podían hacer porque el Ministerio
de Trabajo y el propio sindicato se negaba a reconocernos.
N.K.: ¿Quién dirigía el sindicato central de la construcción?
Antonio Alac: Las dos figuras centrales eran Rogelio Coria y Rogelio Papagno, dos burócratas.
N.K.: ¿Con quién estaban alineados? ¿Con la CGT [Confederación General del Trabajo]?
Antonio
Alac: Estaban alineados con la CGT, con el Ministerio de Trabajo y con
la patronal. ¡Íntimamente con la patronal!. Coria fue uno de los
burócratas más corrompidos, de mayor jerarquía y que acumuló mayor
fortuna... No sé la fortuna que tendrá hoy [1995] Gerardo Martínez...,
pero Coria tenía una fortuna... ¡En Paraguay, por ejemplo, tenía un
campo y un criadero de toros de raza! ¡Ésa era la fortuna de Coria!
Coria era un señor... un señorito... era un tránsfuga, un corrupto en
todos los niveles. Después los Montoneros lo matan.
N.K.: ¿Qué sucedió entonces cuando la empresa se niega a reconocerlos?
Antonio
Alac: La patronal nos dice que nos teníamos que ir de la empresa.
Entonces los patrones, concretamente el gerente (creo que se llamaba
Osatti), llaman a la policía —que estaba ahí cerca, afuera de la
reunión— y les dice: “Acompáñenlos fuera del radio de la empresa”.
Entonces ahí se produce un tira y afloje. Nosotros contestamos: “Tenemos
que llevarnos nuestras cosas. Permítannos ir a buscar nuestras cosas,
nuestra ropa...”. Para todo esto, ya todos los trabajadores estaban
comunicados. Porque el sólo hecho de que la empresa te convoque... ya
todos estaban enterados y había un proceso de movilización. Entonces se
decide que sí, que volvamos a la empresa acompañados por la policía —que
portaba ametralladoras— y entonces en la medida en que vamos caminando,
se empezó a juntar la gente. Entonces la policía nos dice que saquemos
nuestras cosas, nuestra ropa. Ahí yo aprovecho y abro la ventana de
atrás del pabellón y empiezan a parecer los compañeros. Me preguntan:
“¿Qué hacemos?”. Yo les contesto: “Hay que movilizar a todo el mundo.
Que todo el mundo venga hacia acá...”. Y entonces ahí nos quedamos de
prepo [por la fuerza]. Había policías que, aunque tenían la
ametralladora en la mano, temblaban como una hoja... ¿te das cuenta? Es
que estaban rodeados por cientos de obreros alrededor... Les tuvimos que
decir: “¡Tranquilizate! Si vos tirás un solo tiro acá, no salís
vivo...”. Ese policía, si tiraba no era de valiente... ¡Esta re-cagado
de miedo alrededor de la situación que se vivía!. Bueno, de ahí
decidimos afirmar la huelga. Llamamos a la huelga general. A las pocas
horas vienen los cuerpos de policía con un oficial al mando. El que
estaba al mando exige que se entregue el delegado. Estábamos en una
loma, en un alto. Habíamos hecho una barricada. Ellos, la policía,
estaban abajo.
N.K.: ¿Con qué hacían las barricadas?
Antonio
Alac: La barricada las hacíamos con cajones de dinamita, con palos, con
todo lo que encontramos a mano que pudiera servir como obstáculo...
porque tenían una sola subida. Así que cuando quisimos acordar vemos que
avanza un escuadrón grande de milicos que llega hasta la barricada y
exigen que se entreguen los delegados. Pide hablar con el delegado. Yo
me presenté. El tipo dice: “Señor Alac: usted tiene que acompañarnos”.
Entonces, como había casi mil obreros allí, yo pregunto: “Compañeros:
¿qué deciden? ¿Lo acompaño al policía?”. Ellos dicen: “Noooo...”.
Entonces el tipo vuelve a decir: “Señor Alac: la cosa está muy seria,
hay mucha decisión, hay órdenes”. Entonces volvemos a preguntar y nos
vuelven a responder: “Noooo...”. Luego el policía vuelve a insistir:
“Señor Alac: por tercera vez le digo que usted se tiene que entregar y
nos tiene que acompañar. No queremos vernos obligados a reprimirlos”.
Entonces yo les digo a los trabajadores: “Compañeros: ¿nos entregamos?”.
Responden de nuevo: “Noooo...”. Entonces los tipos de se ponen en
posición de ataque y abren fuego con gases lacrimógenos contra la gente.
Tuvimos 14 heridos. Los viejos cartuchos de gas lacrimógeno eran de
aluminio. Se abrían en dos con aristas, donde te rozaba la carne se
hundía en el cuerpo. Ahí nos juntamos y les empezamos a tirar piedras.
¡Era tal la lluvia de piedras que les tiramos que tuvieron que disparar
todos!. ¡Todos! Algunos caían, a otros les pegábamos en el cuerpo. No
quedó ninguno que no quedara machucado. La velocidad que desarrollaban
era la velocidad de las piedras que les tiraba todo el mundo. Fue una
derrota catastrófica para ellos.
N.K.: ¿Cómo organizaban la seguridad de la huelga?
Antonio
Alac: Nosotros teníamos piquetes y guardias obreras que recorrían todo
permanentemente. El perímetro tenía unos 700 u 800 metros. Estábamos
cercados. Había patrullas de la policía, de la brigada de choque contra
las manifestaciones, etc. Teníamos que cuidar cada parte del perímetro.
Las guardias nuestras tenían rifle, revólveres, pistolas, bombas
molotov, etc. Una de las cosas más serias que nosotros manejábamos era
la cuestión de los explosivos. Había gente con mucha experiencia. Porque
esa obra también se caracterizó por contar con trabajadores de
distintas nacionalidades. Había brigadas de trabajadores chilenos,
contratados en carpintería, que habían sido contratados poco antes de la
huelga. La gente de Chile venía ya organizada con delegados. Eran como
200. Cuando llegaron, nosotros los entrevistamos. Nosotros no les
pedíamos que actuaran pero les pedíamos que no trabajaran. Así lo
hicieron. Después teníamos gente muy interesante, muy definida alrededor
de las luchas, de origen uruguayo. También participaron trabajadores
bolivianos y paraguayos. Los hermanos bolivianos era gente que tenía una
gran experiencia en el tema explosivos, por ejemplo en la mina Siglo
XX. Eran quienes estaban responsabilizados en este tema en algunos
preparativos.
N.K.: Ellos tenían experiencia en formas de autodefensa...
Antonio
Alac: ¡Por supuesto! Ellos manejaban la dinamita... habían peleado
contra el Ejército en Bolivia. Sus huelgas son famosas por el grado de
resistencia que han tenido.
N.K.: ¿Cuánta gente participaba de estas guardias obreras?
Antonio
Alac: Nosotros calculábamos que por cada turno nunca bajaban de 100
trabajadores. Dependía de las horas. De noche eran grupos más chicos y
mas distribuidos. De día había más gente en movimiento. Te imaginás...
había más de 500 tipos caminando por allí, se caminaba, se recorría...
Nadie se quedaba quieto.
N.K.: ¿Cuántos formaban parte del comité de huelga?
Antonio
Alac: Aproximadamente 25 personas. A su vez ese comité de huelga tenía
responsabilidades sobre tantas otras personas. No había problemas para
cubrir las guardias. Al principio de la huelga habíamos tomado el
polvorín. Era una cueva grande donde estaban todos los explosivos. Lo
tomamos y obtuvimos lo necesario. Después, como estaba muy lejos,
decidimos dejarlo, porque se podría haber producido una voladura o algo
por el estilo, entonces lo dejamos.
N.K.: ¿En qué momento entra en escena la gendarmería?
Antonio
Alac: Más tarde. El comandante de gendarmería decía las cosas tal cual
como las pensaba. Lo dijo y salió en todos los medios de comunicación a
nivel nacional. Reconoció que “los obreros del Chocón vivían en forma
infrahumana”.
N.K.: ¿Qué cuerpo policial participó en esa represión?
Antonio
Alac: Era la policía de la provincia de Río Negro, policía de la
provincia de Neuquén y la policía federal. La Brigada de Güemes, que era
la brigada especial de choque contra las manifestaciones populares de
los años ’70, envió a la represión más de 200 efectivos. La Gendarmería
entra después en operaciones. La brigada especial de represión actuó muy
fuerte allá, en el sur. Nos agarraba gente, los golpeaba, los
torturaba, los quemaba con cigarrillos y después los dejaban. Hacían
simulacros de secuestros... Nosotros luego hacíamos la denuncia... Hay
un caso, por ejemplo, de que a un obrero de origen boliviano lo colgaron
de un puente de cabeza abajo y con las manos atadas. Pero todo eso
ellos lo hacían afuera, no dentro del espacio donde nosotros estábamos.
N.K.: Donde estaban ustedes, ¿ellos no entraban?
Antonio Alac: No, no entraban. Solamente, una sola vez, se nos metió un colectivo completo de policía federal.
N.K.: ¿Y ustedes que hicieron?
Antonio
Alac: Primero que nada, no los dejamos bajar. Y segundo, les metimos
cajones de dinamita y explosivos químicos debajo del colectivo.
Podríamos haberles dicho que salgan, pero no. Los obligamos a quedarse
toda la noche allí. Y no les permitimos bajar para ir a orinar ni a
defecar ni a nada... ¡Nada! Estuvieron toda la noche y a la mañana
dieron marcha atrás y se fueron... Así estaba planteada la cosa.
N.K.: ¿Qué pasó después con la comisión de delegados?
Antonio
Alac: Bueno, ellos terminan por reconocernos como delegados. Y entonces
nosotros empezamos a aplicar las reivindicaciones... insistíamos con el
problema de la comida, la vivienda, empezamos ver el cumplimiento de
las boletas de pago, hacíamos asamblea permanentes, exigimos que nos
dieran una casa para el sindicato. Lo otro que era muy fuerte era el
problema de la seguridad.
N.K.: ¿Cada cuanto hacían las asambleas?
Antonio
Alac: Durante las primeras etapas todos los días, estábamos casi en
asamblea permanente. Levantábamos actas, armábamos comisiones para
distintos tipos de actividades. Los tiempos de dirección de la comisión
interna no fueron más de dos meses.
N.K.: ¿Qué grado de solidaridad tuvo la huelga?
Antonio
Alac: Tuvo un alto grado de solidaridad en todos los aspectos. En el
plano político, de parte de la izquierda y todos los movimientos de
lucha, vinculados a la Intersindical [referencia a la Comisión
Coordinadora Intersindical] de todos los gremios obreros que estaban
dirigidos por el acuerdo intergremial encabezado por Agustín Tosco.
Además había una alta simpatía en la resistencia contra la dictadura
militar. Debido a la participación de Monseñor de Nevares, hubo miles de
cristianos que simpatizaban con nosotros. Dentro del Chocón, los
trabajadores cristianos eran la inmensa mayoría. Y desde afuera, los que
trajeron muchísima solidaridad. Había también mucha simpatía desde el
ángulo de los gremios y sindicatos como Luz y Fuerza y los Ferroviarios,
que estuvieron muy pegados a la solidaridad.
N.K.: ¿Cómo expresaban esa solidaridad?
Antonio
Alac: Con comida, principalmente, alimentos, y también con
declaraciones políticas, encuentros, actos y debates donde explicaban
nuestra situación, etc.
N.K.: ¿Y los estudiantes?
Antonio
Alac: Los estudiantes también jugaron un gran papel. Estuvieron muy
pegados a la solidaridad. Fundamentalmente los estudiantes de la
facultad del petróleo, cerca de Cutral-Có, donde salían técnicos
petroleros. La solidaridad tuvo altísimo nivel, en lo regional, en lo
nacional y en lo internacional. No hay que olvidarse que era una huelga
frente a una dictadura militar que tenía terminantemente prohibido la
actividad de las organizaciones políticas, principalmente de izquierda.
Una dictadura que había sacado una ley N° 14.401, la ley anticomunista.
Era anticomunista pero era contra toda la izquierda. En ese clima se
hace la huelga que le crea muchos problemas a la dictadura. Por eso su
objetivo central pasa a ser nuestra derrota. Éramos un grupo de obreros,
a 80 kilómetros de la ciudad más cercana, pero que le traíamos muchos
problemas a la dictadura.
N.K.: ¿Esa distancia de la ciudad les trajo a ustedes dificultades?
Antonio
Alac: Por supuesto, porque cualquier esfuerzo de la militancia se
complicaba. A pesar de eso, hubo caravanas de cientos de vehículos que
iban a llevar la solidaridad y la presencia. Eso está en los diarios de
aquella época. Afuera del radio de la empresa, en la puerta, se hicieron
actos de protesta y solidaridad. Así los movimientos sociales y la
izquierda presionaban sobre las organizaciones políticas. En ese tiempo
Zapag asumía como gobernador de la dictadura militar de Ongañía en un
acuerdo político. También hubo un alto grado de solidaridad de los
profesionales. Era un momento muy especial. La gente tenía necesidad de
expresarse y luchar contra ese gobierno dictatorial. Eso estaba
instalado a nivel nacional en la cabeza de todas las organizaciones
sociales y políticas, con excepción, por supuesto, de la derecha y la
burocracia sindical.
N.K.: ¿La CGT hizo algún paro nacional en solidaridad con la lucha de ustedes?
Antonio
Alac: No, ¡no hizo absolutamente nada!. Los que se movilizaron con
apoyo y con la solidaridad de sus opiniones fueron las organizaciones
nucleadas en la Intersindical —con Agustín Tosco a la cabeza—, la CGT de
los Argentinos [opositora], con delegaciones de apoyo. El MUCS, que fue
una de las organizaciones donde nosotros, los comunistas, actuamos en
algunos sectores del movimiento obrero. Nosotros integrábamos la
Intersindical donde Agustín Tosco era el jefe político.
N.K.: ¿Vos, en el medio de la huelga, fuiste a Córdoba?
Antonio
Alac: Claro. Para nosotros eso fue uno de los momentos de definiciones
políticas más alto. Nosotros llegamos a la conclusión de que la política
es uno de los elementos centrales del movimiento obrero. No hay
política de reivindicación por la reivindicación misma... eso es, en
último término, un elemento retardatario en la conciencia porque impide
ver el tema del poder para la clase obrera en función de crear una
sociedad mejor, ¿te das cuenta?. Cuando la gente de Tosco, la
Intersindical, el MUCS y otras organizaciones hacen la convocatoria
desde Córdoba a todas las comisiones internas y a todos los luchadores
que habían protagonizado tomas de complejos industriales —como el de
Ledesma y otros— nosotros participamos. Ir a Córdoba fue una decisión
decidida en asamblea. La idea era fortalecer a los sectores que
manifestaban un sindicalismo real... Nosotros, los trabajadores del
Chocón, habíamos vivido todo el proceso, que fue muy fuerte, de tener
que defender a los delegados elegidos frente a la burocracia y frente a
la patronal.
N.K.: ¿En Córdoba intercambiaron experiencias con los compañeros que habían protagonizado el Cordobazo?
Antonio
Alac: No pudimos porque la dictadura prohibió la realización del acto.
Los milicos cercaron el sindicato de Luz y Fuerza de Córdoba.
N.K.: ¿El Cordobazo de mayo de 1969 tuvo influencia en el Choconazo de febrero-marzo de 1970?
Antonio
Alac: Mirá, para los que teníamos definiciones gremiales y políticas
todo eso significó un ejemplo de resistencia. Ahora bien, desde el
ángulo de la mayoría de los obreros del Chocón, yo creo que todos tenían
un amplio respeto y simpatía por todo aquello que significaba una lucha
contra la dictadura. Ahora, no sé si en la mayoría de los trabajadores
del Chocón se tenía conocimiento real del significado de esa lucha de
Córdoba y de su nivel de definiciones. No lo sé. De parte nuestra, sí.
Por eso, sin ningún tipo de dudas, optamos por el camino de la
confluencia con los sectores más combativos del movimiento obrero.
Después del Cordobazo hubo meses de “quietud” y entonces sale el
Choconazo con una fuerza... que pasa a ser uno de los elementos de
interés de toda la militancia y toda la resistencia contra la dictadura.
N.K.: ¿Qué pasó después que ustedes volvieron de Córdoba?
Antonio
Alac: El Ministerio de Trabajo de la dictadura y la burocracia sindical
formaron, juntos, una comisión paralela. El mismo Coria, uno de los
burócratas principales del sindicato... La envergadura del conflicto lo
obligó a intervenir dos o tres veces. La táctica política general de
ellos fue desgastar la lucha e ir apareciendo, de vez en cuando, en
algún mecanismo de negociación en función de demostrar al país que la
U.O.C.R.A. estaba presente... En general ellos apostaban a políticas
retardatarias para prolongar el conflicto, no dar soluciones, y dejar
que la cosa se vaya desgastando. ¡Y naturalmente se desgasta! Primero
porque se vuelve imposible mantener una huelga a 80 kilómetros de la
ciudad, a pesar de la solidaridad. Segundo, por las presiones alrededor
de la necesidad de dar respuestas frente a las necesidades de las
familias. La mayoría tenía sus familias afuera, por ejemplo en el norte
de la Argentina. Había una necesidad salarial, una necesidad de dinero
para la familia, para las enfermedades, etc. Llegó un momento en que el
desgaste era muy grande. Pero a pesar de eso, existió mucha dignidad.
Sí, mucha dignidad. Porque la gente no volvió al trabajo, días antes de
que termine la huelga, mucha gente se empezó a ir. Cuando terminó la
huelga, ¡no aceptaron volver a trabajar! ¡Mucha dignidad! Eso corrobora
el alto grado de justeza, de dignidad y de la decisión de mantener los
valores por los que habían luchado.
N.K.: ¿Cómo fue el final del conflicto?
Antonio
Alac: Todos los cuerpos de represión tenían un cerco del perímetro.
Entonces, una mañana temprano empezaron a ingresar muy despacio.
Nosotros habíamos manifestado que teníamos minada toda la región, toda
la zona.
N.K.: ¿Era verdad?
Antonio
Alac: No, no estaba minada, pero nosotros les dijimos eso. Si
minábamos, no podíamos ganar el conflicto. Nosotros apostábamos a la
participación del campo popular. Además nuestro fuerte era la
resistencia y la participación desde adentro todo el tiempo que se
pudiera. Cuando se termina la huelga, nosotros tuvimos que hacer
“desaparecer” pilas de armas que teníamos, rifles, pistolas... Entonces
ellos empezaron a meterse y revisaban centímetro por centímetro para ver
si había explosivos instalados. Nosotros estuvimos como cinco horas
mirando, porque una de las cuestiones que ellos se jugaban,
psicológicamente, era apostar a la huida de los delegados. Querían que
nosotros huyéramos. ¡Nosotros decidimos que no! ¡Nosotros decidimos que
nos quedábamos! Así que después de horas y horas de revisar centímetro a
centímetro, cuando llegaron abajo se dieron cuenta que nosotros los
estábamos esperando, apoyados en las paredes, mirando lo que ellos
hacían [risas de Antonio]. Ahí es donde me sacaron esa foto donde
agentes de la policía federal, inmensos, medían como 2,10 metros de
altura, me agarran para llevarme detenido.
N.K.: ¿A cuántos se llevaron detenidos?
Antonio
Alac: A seis o a siete. Estaban Olivares, Torres. Pascual, el cura, no
estaba. Agarraron a un grupo de compañeritos jóvenes que estaban con
piedras. Entre ellos tomaron a un viejito, muy activo, muy bueno,
realmente muy bueno, tengo los mejores y más lindos recuerdos de este
viejito. Estaba un poco asustado, le había agarrado dolores al corazón y
todas esas cosas por la presión terrible del momento. Nos llevaron
esposados, con las esposas atadas abajo a los asientos, teníamos que ir
agachados todo el viaje, y nos depositaron en Coordinación Federal
[Departamento de represión de la Policía Federal Argentina en Buenos
Aires, la capital del país]. Era tal la presión popular que se
manifestaba en las provincias y en todo el país, que nos tuvieron que
llevar de nuevo a Neuquén donde nos soltaron. Quiero decir que también
tuvo un altísimo significado la participación de [monseñor] De
Nevares... Porque mientras que todo el mundo, de una forma u otra, y
esencialmente los trabajadores cuestionan a la Iglesia como institución y
sobre todo a los curas... es así... por lo menos los trabajadores que
están en el trabajo de alta exigencia física... pero la participación de
De Nevares tuvo un alto impacto frente a miles de personas.
N.K.: ¿Cuál fue su actitud?
Antonio
Alac: Bueno, fue un hombre que al principio creyó que podía negociar y
que podía lograr algo... entrevistando a Ongañía... tuvieron un
encuentro en Villa La Angostura. Él creía que podía lograr algunos
éxitos. Pascual Rodríguez, que era el cura obrero, le dijo a de Nevares
que no vaya, que no hacía falta, porque no iba a conseguir nada. Pero
él, con esa concepción humana que tenía, fue. Y efectivamente, no logró
nada, porque era imposible con las definiciones de clase, tan
reaccionarias, como las que tenía Ongañía. Así que De Nevares volvió.
Nosotros seguimos en la lucha y él siguió acompañando. Para todos
nosotros resultó un alto nivel de impacto. Porque él era el obispo
comprometido... era el cristiano... era el cura comprometido de hecho...
¿te das cuenta?... y sin dudar a favor de las reivindicaciones del
movimiento obrero. Para un cristiano eso tenía un alto significado. Lo
que él hacía daba más seguridad. Entonces los delegados tenían el máximo
grado de reconocimiento.
N.K.:
A partir de tu experiencia en el Chocón, ¿qué significaría para vos ser
clasista? ¿En qué consistiría el clasismo para un militante y un
dirigente sindical?
Antonio
Alac: Yo creo que el Chocón muestra eso. Primero, un dirigente
enrolado, política e ideológicamente, en la lucha de clases como
elemento central. Y en segundo lugar, la lucha contra la burocracia
sindical, contra el sindicalismo corrupto, es una lucha de altas
definiciones. No puede haber actitudes intermedias. Puede haber quizás
tácticas intermedias para derrotar a la burocracia sindical. ¡No
hay que olvidarse que en esa época la burocracia sindical daba las
listas negras de persecución a las empresas para que no dieran trabajo!.
N.K.: ¿Vos estabas en alguna de estas listas negras?
Antonio
Alac: ¡Sí! Este amigo que trabajaba como administrativo en la empresa
me contaba el otro día que para la empresa los trabajadores se nombraban
como un número... era el número fulano de tal...Yo era el número 957.
Este amigo me decía que él tiene una fotocopia de la empresa donde mi
nombre está tachado con tinta negra.
N.K.: ¿Qué otras características tiene para vos el clasismo?
Antonio
Alac: Otra cosa es que no puede haber dirigente sindical clasista que
esté vinculado, solamente, a la reivindicación. Yo creo que un militante
y un dirigente sindical tienen la obligación, primero, de politizar a
la gente. Con las concepciones de clase, ¿no? Mostrando cómo es el
sistema de explotación, cuál es su poder y cómo actúa el poder. Y,
segundo, tienen que tener necesariamente una propuesta de liberación
donde la clase obrera sea el motor de ese proceso. Porque tenemos que
decir la verdad. Nosotros hemos visto que la izquierda ha jugado mucho
al proceso de consolidar fuerza a través de las reivindicaciones. Creo
que las reivindicaciones son un medio y un medio necesario para dar
respuesta y aliviar la situación de los trabajadores... pero eso
desvinculado de la propuesta política no vale nada. Eso es, simplemente,
obtener una dádiva para sufrir más explotación. Entonces el
sindicalismo, necesariamente, tiene que tener alto grado de
politización. Tiene que tener táctica, tiene que tener estrategia. Una
estrategia de poder. Y tiene que tener táctica en el movimiento obrero
en función de unificar y unir, de romper todas aquellas trabas que son
trabas de las cabezas de los compañeros que hacen trabajo político para
crear un movimiento obrero fuerte que sea su propio liberador. De él
mismo y de todo el pueblo, del campo popular. Para mí eso debe ser un
dirigente. Yo digo que los atributos del Chocón fueron eso.
N.K.: ¿Había un camino alternativo, más moderado, distinto al que ustedes emprendieron?
Antonio
Alac: Quizás podríamos haber especulado a más largo plazo. Podríamos
haber especulado de no favorecer la resistencia del campo obrero y
popular. Así hubiéramos obtenido, tal vez, algún pequeño espacio de
poder... esos espacios de poder que a veces han servido para corromper a
tantos dirigentes... Pero nuestro camino era otro. Tenía un alto grado
de definiciones políticas e ideológicas de lucha contra el sistema,
contra la dictadura y contra la burocracia que, en último término,
estaba vinculado a todo lo que se manifestaba durante los años ’70 en
Córdoba, con el SITRAC-SITRAM... con ese espacio de lucha por el poder
popular. Estuvo vinculado a la experiencia cubana, para nosotros muy
importante. Estaba vinculado a la figura del Che Guevara. Entonces,
existía el elemento del dirigente popular, del dirigente sindical que
sentía el alto concepto de la liberación y la revolución. No había
especulación, ¿te das cuenta? Apostábamos a la lucha y la lucha dio el
fruto. Si bien se podría decir que políticamente no la ganaste, pero
dejaste asentado un fenómeno nacional para el conjunto de los
trabajadores. Además, eso significó incluir en la lucha de los marxistas
a referentes cristianos con altísimas definiciones y de una ética
asombrable, como fue la participación de De Nevares y se lograron una
cantidad de definiciones que nosotros planteábamos. Se lograron porque
la dictadura militar y la empresa comprendieron que no podían tener tan
alto grado de denuncia en las condiciones de explotación y de trabajo
del movimiento obrero. Por lo menos que esto, el Chocón, no era como en
el África, donde antes había estado la empresa. En nuestra realidad,
había antecedentes de lucha muy altos. Había hombres y trabajadores que
no estaban dispuestos a ser vejados por una empresa que lo único que
quiere es obtener más dinero. Lo que en la empresa estaba destinado a
salarios, dentro del plan de presupuesto, después de la lucha se
multiplicó por dos o tres veces. O sea que el gobierno le reconoció a
las empresas los mayores costos como si nada. Yo creo que eso merece
dejar un recordatorio para la historia. Habría que investigar estos
fenómenos de lucha, cómo se dieron dentro de la empresa, fuera de la
empresa, cuál era el momento político que se vivía, cuál era el momento
internacional. Cuál era el peso de lo que después se iba a referenciar
en la lucha armada, de los miles de jóvenes que perdieron la vida por
querer cambiar esta realidad. Yo creo que hay que sacar conclusiones.
N.K.: ¿Cuáles serían, en tu opinión, algunas de esas posibles conclusiones?
Antonio
Alac: Yo creo que uno de los problemas más serios, al menos para mí, es
el problema de la desunión de la izquierda en esa etapa. “Vanguardias
glorificadas”..., ¿entendés?, apartadas de un análisis político o una
síntesis real del momento político que vivían sociológicamente las
masas. Así terminamos... Era normal escuchar un tiroteo en esa época en
esta capital [Buenos Aires]. Una vez, cenando una noche en San Justo
[barrio de la periferia de Buenos Aires], escuché un tiroteo. Y la gente
que estaba conmigo dijo: “Ahí están de nuevo los que están
enfrentándose...”. No llegaban a reconocer que de un lado estaban los
que se jugaban la vida por el futuro y del otro lado estaban los que
quería aplastar la vida. Eso es un fenómeno para pensar... ¿Cuándo están
las condiciones reales? El problema es cómo hacemos madurar de abajo la
participación del campo popular. Cuando los dirigentes se juegan la
vida, eso va consolidando una cultura contra el miedo... Eso va
consolidando una referencialidad, pero no falsa, sino una
referencialidad de los que se juegan las pelotas y la vida en la lucha.
Después de 25 años, hoy [1995] te encontrás con mucha gente que tienen
aquel hecho del Chocón como referente político. Como un hecho de
dignidad de clase. Es muy bueno que, ¡después de 25 años!, la gente lo
tenga en su cabeza como un fenómeno de hasta donde puede llegar el campo
popular. Los trabajadores recuerdan eso como un hito de orgullo, no de
dolor... No te dicen: “¡Perdí el trabajo!” o “Me peleé con mi mujer por
todas estas cosas”...No, no, no. Te dicen con orgullo: “¿Te acordás lo
que hicimos?”. ¡Lo que hicimos! No fue un problema de referente. De
fulano que dirigió. Fue un hecho que abarcó el compromiso y la ética de
marxistas y cristianos, como dice De Nevares en la película [film que
cuenta la vida de Monseñor Jaime De Nevares] o de cristianos y ateos.
Fue un compromiso de lucha muy fuerte. Por ejemplo, muchos profesionales
italianos, ingenieros, como un tal Negri, fue despedido de la empresa.
Un cristiano, italiano, que venía de la Italia del Primer Mundo, donde
el tipo, él mismo, juntaba la solidaridad para llevar a la olla popular
para que los obreros comieran. Eso lo sabía la empresa, lo sabía el
gobierno militar, los servicios de inteligencia. Todos los sabían. Y él
juntaba la solidaridad. Perdió el trabajo...
N.K.: ¿Además de De Nevares había otros curas solidarios?
Antonio
Alac: Sí. En Neuquen había un cura italiano, Gagliatti [¿? no se oye
bien] también muy definido. Además estaba el cura Roter [¿? no se oye
bien] que falleció en los leprosarios de Venezuela. Durante la dictadura
militar [la de 1976-1983] lo fui a ver a Cutral-Có y me decía:
“Antonio”... porque yo había trabajado en la fruta con un hermano suyo,
un hombre magnífico, de esos patrones que de vez en cuando uno se
acuerda, era hermano de este cura. En Cutral-Có me decía, dentro de la
Iglesia, durante la dictadura: “Antonio: anoche soñé y veía los
cardenales con esas capas rojas, que estaban avalando los crímenes
militares, y les chorreaba sangre de las sotanas...”. Eso me decía.
N.K.: ¿Qué otra cosa te gustaría decir?
Antonio
Alac: No sé qué otra cosa te podría decir que valiera la pena. Tal vez
repetir este asunto de la política, hermano. Yo creo que hoy [1995] una
parte importante del movimiento obrero no está metiendo la política como
elemento central. Los procesos de retroceso van a ser mayores. Hoy hay
una necesidad impostergable de construir una alternativa política donde
el movimiento obrero sea el motor central de esa construcción. Eso es
una necesidad imprescindible, estratégica, ideológica, política,
innegable. Eso se tiene hacer con pluralismo y debate político. Y
golpear muy fuerte, pero muy fuerte, contra las cosas que nos dividen.
Porque a veces son cosas tan pequeñas, pero tan pequeñas, donde la
política pasa a estar regida por una determinación individual y no de un
análisis de las necesidades de los colectivos populares. “Que
prevalezca mi idea, la mía”. No es así. Nosotros tenemos que jugar
nuestras ideas con el movimiento popular, que maduren con ese
movimiento. Lanzar nuestras ideas al debate pero sacar conclusiones
estratégicas en función del momento político para llevar a la
comprobación de nuestras ideas. Hoy hay una tendencia al aparatismo. No
tenemos a veces paciencia para construir desde abajo y en conjunto, con
propuestas políticas que vayan madurando. El marxismo nos exige un
análisis con alto grado de política y de ideología.
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